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Susana Moll Sarasola

Soy cantautora y madre de dos hijos.

Sobre este blog de Sociedad

En este espacio me gustaría tratar temas de diversa índole. Me interesan tantas cosas!


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  • 10
    Julio
    2020

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    SOCIEDAD Oviedo

    La abuela fumetas

    La abuela fumetas

    Llegamos a las 20h para no achicharrarnos ni sentirnos enlatados.

    Es por todos sabido que la playa de la Barceloneta últimamente está siempre a tope. Y que en estos momentos los mossos hacen malabarismos para poder gestionarla.

    Esta vez no podía cometer errores así que dejé a la perra en casa. Me encantaría encontrar un lugar donde poder bañarnos con ella pero en verano no es tan fácil. Mucho menos en época de pandemia. Además, tenía sólo dos horas para hacerlo todo así que la opción de salir de Barcelona era inviable.

    Me llevé una gran bolsa con un enorme pareo de elefantes para asegurar algo de distancia una vez en la arena, un par de toallas para los niños, sus mudas, algunos juegos y algo de agua potable.

    Hacía cosa de una semana tratamos de llegar a la playa en coche y nos fue imposible por las restricciones impuestas. Todos los accesos estaban cerrados a la circulación. Además, ese día no calculé bien mis fuerzas y también llevábamos a Sasha en el coche. En vano traté de llegar a la platja de Llevant . Ni siquiera encontré aparcamiento en el Poble Nou. Así que terminamos paseando por Drassanes y volvimos a casa con el rabo entre las piernas.

    Esta vez me negaba a fracasar así que pedí a los niños que no se quitaran sus mascarillas y fuimos en transporte público.

    La playa no estaba tan abarrotada como imaginaba. Nos colocamos en un espacio donde cabían tres pareos como el mío. A unos tres metros de la orilla. A mi derecha el Hotel Vela lucía imponente rodeado de todas esas nubecillas en forma de borreguitos.

    En menos que un suspiro los chicos ya andaban chapoteando en el agua. Qué gusto tan grande daba verlos disfrutar!

    Ojalá yo también pueda darme un baño y disfrutar un poco, pensé.

    Tras ordenar zapatos y camisetas y meterlo todo en la bolsa grande por fin me senté a respirar tranquila. El cielo estaba tan bonito. Me chifla deleitarme con el cielo en el atardecer de los días de verano.

    Pero entonces, una niña de unos seis años se apartó la braguita del bañador y plantó un pino en la orilla, justo frente a mí. Casi no podía creerlo. Cómo algo tan cotidiano y natural podía estropear la magia del momento de una manera tan rotunda.

    Lo más curioso es que la que deduje que era su madre se quedó echada en la toalla con sus gafas y sus uñas larguísimas devorando su móvil junto a una amiga. Mas bien parecían dos canguros pasotas como esas que he visto mil veces pretendiendo que cuidan a los niños mientras chatean con algún ligue.

    La niña se les acercó para ver qué hacía. Por sus ademanes parecía algo inquieta e incómoda. Y esas dos no movieron un solo dedo. Ni la limpiaron, ni la cambiaron, ni recogieron la obra en cuestión. Tampoco tuvieron la deferencia de hacer un mínimo gesto como echar arena por encima. Dadas las circunstancias cualquier cosa hubiera sido de agradecer.

    Pensé en levantarme y echarles la bronca pero estoy tratando de dejar de ser el pepito grillo de todo el mundo. No me trae más que problemas. En cualquier caso, si la gente es así de guarra no seré yo quien logre cambiarla.

    La niña se recompuso en un santiamén y volvió al agua. Me alegró ver que al menos ella ya estaba más tranquila.

    Por alguna razón mi hijo y su amigo se alejaban de aquel lugar. Debía haber corriente. 

    No os alejéis! Grité agitando los brazos para que me vieran.

    Entonces vinieron corriendo a contarme que había un zurullo flotando en el agua.

    Yo no sé si era el mismo u otro. En realidad llegados a ese punto ya todo me daba igual.

    Era evidente que la playa estaba asquerosa y que probablemente estábamos rodeados de mierda por todas partes.

    Qué rápido había el ser humano vuelto a ensuciar la playa! Con lo bonita que se veía en aquellas imágenes aéreas tomadas durante el confinamiento.

    Pero es que, mientras los vendedores ambulantes trataban de endosarme mojitos, cervezas y souveniers de todo tipo, una chica muy mona de unos treinta años, atlética y rubia, probablemente extranjera, me había pedido que cuidara de sus cosas. Debo tener cara de persona fiable y como quería darse un baño me preguntó si podía dejar sus zapatos y su mochila a mi lado.

    Así que yo que a esas alturas ya había renunciado a la posibilidad de bañarme y estaba metida en mi pareo como si de una isla flotante se tratara guardaba a su vez las cosas de otra persona. Y no podía desaparecer sin más. Los niños lo entendieron y volvieron al agua.

    Cuando la chica atlética salió del agua pensé que debía intensificar mi rutina de Yoga. Aunque últimamente me da bastante igual estar o no en forma. Bastante tenemos con respirar como para encima añadir más presión al asunto. Pero si, lo pensé. Nena, estás un poco fofa.

    La chica me dio las gracias y cuando me disponía a despedirme de ella me preguntó si podía sentarse a mi lado.

    La verdad es que tras decir más de diez veces que no a los vendedores ambulantes que seguían asediándome no tenía ganas de conversar con nadie. De hecho lo que quería era sacar a los niños del agua y volver a casa cuanto antes. Pero a penas llevábamos media hora en la playa. Debía resistir un poco más, por ellos, por los niños.

    Fue entonces cuando me di cuenta de la clase de persona en la que me estaba convirtiendo. Una de esas mujeres guardianas que nunca logran relajarse. De esas que ven cómo la gente disfruta bañándose entre zurullos con un interrogante en la cabeza. ¿De verdad soy yo la única que lo ve?

    Y pensé en lo mucho que me gustaría ser como la chica que se me había enganchado. No debió enterarse de nada, ni de los zurullos, ni de la pandemia, ni de los vendedores ambulantes. Ella estaba en Barcelona disfrutando de la vida, sin más.

    Se lió un porro y me ofreció una calada. Yo alucinaba.

    Entonces le dije que tal vez en otra ocasión, que iba a buscar a mis hijos que cada vez estaban más lejos, probablemente por la corriente que les arrastraba del lado del hotel Vela.

    Mientras me alejaba pensé que en realidad fumar me vendría de maravilla. No descarto hacerlo un poco más adelante, cuando ya no tenga que dar ejemplo a nadie. Cuando pase todo este rollo.

    Tal vez cuando sea vieja. Si es que llego a serlo.

    Creo que, en realidad, me gustaría ser una abuela fumetas. 

     

     

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