La historia de Larraínzar, el último gobernador civil de Asturias: adiós a un hombre de "visión serena" y "claro y honrado"

El navarro, de 79 años, fue el hombre de Adolfo Suárez en la región desde julio de 1981 hasta la victoria de Felipe González un año y después y destacó por ser un "centrista dialogante"

Ricardo Larraínzar, en su  domicilio de Madrid.

Ricardo Larraínzar, en su domicilio de Madrid. / Xuan Fernández

Xuan Fernández

Xuan Fernández

Ricardo Larraínzar Zaballa (Viana, Navarra, 1945), el último gobernador civil de Asturias, hombre destacado en la Transición española y figura destacada en el operativo para detener el intento de golpe de estado del 23F, falleció en Madrid, donde residía, a los 79 años. Muy vinculado al Principado desde la etapa preautonómica, especialmente a la localidad de San Juan de la Arena (Soto del Barco), llevaba varios días ingresado en el hospital Infanta Leonor a causa de una neumonía, aunque en los últimos meses su salud estaba muy delicada. El sábado a última hora de la tarde se apagó y esta mañana será incinerado en el tanatorio La Paz, en Alcobendas. Con Larraínzar se va un "demócrata, dialogante y centrista", según quienes le trataron de cerca, que tuvo una corta, pero intensa carrera política, que curiosamente finalizó en Asturias, siempre vinculada a la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, con el que tuvo una gran amistad. Según sus allegados, hasta el final de sus días estuvo muy interesado en la actualidad asturiana, a través de los muchos amigos que tenía en el Principado.

Nacido en la localidad navarra de Viana, Larraínzar fue un conquense de adopción, ya que cuando tenía cinco años se desplazó a vivir a esa ciudad por el trabajo de su padre, que era abogado. Tiempo después, con quince, se instaló en Madrid. No tuvo una vocación política temprana, según quienes le conocieron. Además, fue un hombre de éxito en el mundo de la empresa privada una vez alejado de la esfera pública. Casado, con cuatro hijos y nueve nietos, estudió Derecho y sacó las oposiciones del Cuerpo Superior de Administradores del Estado. En el tardofranquismo desempeñó puestos técnicos antes de recalar en Asturias, ya tras la muerte del dictador, por decisión de Adolfo Suárez.

Entre 1969 y 1970, fue vicesecretario general del Gobierno Civil de Logroño y en 1974 fue destinado a la Dirección General de Política Interior, en Madrid. En la capital coincidió con Francisco Laína, con el que estaría en varias aventuras, aunque ninguna como la que acabó con final feliz para la democracia española: abortar la intentona golpista de Antonio Tejero en el Congreso el 23 de febrero de 1981. En aquella tarde, desde un estricto segundo plano, pero con una influencia destacada, Larraínzar tuvo un papel muy destacado como subgobernador civil en Madrid y colaborador más estrecho de Laína, director general de Seguridad del Estado y ese día, con el Gobierno secuestrado, la máxima autoridad civil.

Nació en Navarra, se crió en Cuenca, residió en Madrid y estaba pendiente de Asturias

Larraínzar, de hecho, fue consciente incluso desde la víspera de que algo se estaba cocinando, porque el 22 de febrero le visitó en su despacho el general Alfonso Armada, condenado por la intentona golpista, y amigo personal en aquel momento del navarro. "De repente, aparece en mi despacho ese día (el 22 de febrero de 1981). Cuando desde la Secretaría me anunciaron que subía el general Armada a visitarme, me causó verdadera extrañeza porque no era habitual. Le recibí con cordialidad y le comenté que era una sorpresa", reveló el propio Larraínzar, en una reciente entrevista en LA NUEVA ESPAÑA. Aquello le resultó raro al colaborador de Laína desde el primer momento. Tanto le extrañó, que incluso llamó a Mariano Nicolás, gobernador civil, para que estuviese presente en ese encuentro. "Intuía que yo estaría más protegido estando los tres que no a solas con Armada, porque en aquellos días había muchos comentarios", aseguró Larraínzar. Al día siguiente de aquella cita, en la que no se habló de política, el que luego sería gobernador civil de Asturias estaba en el hotel Palace, coordinando un dispositivo para evitar una masacre en el Congreso, con los diputados secuestrados por un grupo de Guardias Civiles.

Fue colaborador de Laína, máxima autoridad civil durante la intentona golpista encabezada por Antonio Tejero

Larraínzar tuvo varios encargos de Laína. Uno de los más importante fue hacerse con los planos del Congreso. "No queríamos asaltarlo, sí sabíamos lo que no queríamos, que hubiese un solo tiro. Pero estaba claro que bajo ningún concepto aguantaríamos un chorreo lento de bajas. Entonces nos era imprescindible tener unos planos para estudiar y valorar", recordaba Larraínzar de aquel episodio. El por entonces subgobernador civil en Madrid tuvo también que calmar las aguas políticas, especialmente con los partidos de la izquierda. Aquello no era para él una tarea nueva: Laína le había encargado algo parecido, en este caso tras el atentado mortal a Carreo Blanco, cuando su superior le pidió que "lidiase con la derecha".

Para Larraínzar, el episodio del 23F, del que sigue habiendo interrogantes, más que un golpe fue una chapuza. Por ejemplo, al navarro le llamó la atención que los tanques que había movilizado Milans del Boch en Valencia se pararan en los semáforos en rojo. Larraínzar siempre destacó el papel central de Laína, que falleció en 2022. Con él mantuvo una amistad hasta el final. Más dudas tuvo sobre la participación del general Armada, que fue su "valedor" en el pasado y la persona que le conectó con la Casa Real. "Honestamente, creo que no entra en el perfil de Armada la preparación de un golpe de estado (...). Casi estoy por apostar que lo que quiso era dar un toque de atención, por lo que estaba pasando en España, en aquellos veinte días previos al golpe, que fueron tremendos: dimisión forzada de Suárez, abucheo a los Reyes en el Parlamento Vasco, el asesinato del ingeniero jefe de la central de Lemóniz y, por si fuera poco, las torturas y muerte del etarra Arregi en Madrid", respondió Larraínzar, a la pregunta eterna: "¿Era Armada el ‘elefante blanco’ que esperaban los golpistas?".

Larraínzar tuvo que encargar 300 ataúdes en el 23F por si había una masacre en el Congreso

Desarticulada la intentona de Tejero, en julio de 1981 Larraínzar asumió la que a la postre sería su última aventura política. Suárez le nombró gobernador civil de Asturias (por aquel entonces el título real era gobernador civil de Oviedo), donde estuvo hasta las elecciones de octubre de 1982, cuando Felipe González logró la primera mayoría absoluta y consiguió el primer gobierno para el PSOE.

Larraínzar, pues, fue desde su despacho en la plaza de España el hombre de confianza de Suárez en Asturias antes de su dimisión, caída del Gobierno y derrumbe político. En el Principado sembró relaciones a todos los niveles. Con Isidro Fernández Rozada, que por aquel entonces estaba en la Alianza Popular de Manuel Fraga, rival de la UCD, cultivó una buena relación. "Ricardo Larraínzar era una persona práctica. En aquellos años los gobernadores civiles tenían una predisposición a mantener el orden, pero él sabía que desde la imposición no se podían conseguir cosas. Era un aperturista. Tuve muchas conversaciones con él, me animaba mucho, porque los dos éramos relativamente jóvenes y tomé varias veces café con él. Él sabía que yo era un hombre de Fraga, pero jamás me dijo nada", recuerda Rozada, expresidente del PP de Asturias. "Su labor en Asturias fue la de un auténtico demócrata, abierto al diálogo. Mantuve a lo largo de todos estos años una gran relación y lamento su pérdida", recalca el veterano expolítico.

Se opuso a que en los premios «Príncipe» sonase el «Asturias, patria querida», aunque aceptó la «derrota»

Antonio Trevín, expresidente del Principado y actual portavoz del Grupo Socialista en el Ayuntamiento de Llanes, empezó a tener relación con Larraínzar muchos años después de la transición, cuando el avilesino ocupó el puesto de Delegado del Gobierno (2004/2011), el mismo, pero con otro nombre y diferentes atributos, que había desempeñado el navarro a principios de los ochenta. "Siempre tuvo mucho interés sobre lo que pasaba en la región y destacó por ser un hombre dialogante y cercano. Era muy ‘institucionalista’; es decir, creía mucho en las instituciones y en su valor. De él me interesaba la visión serena que tenía del mundo político y de la actualidad española. Siempre daba un contrapunto adecuado y buenos consejos", recuerda Trevín, que compartió mesa y mantel con Larraínzar numerosas veces en los últimos años, sobre todo en San Juan de la Arena. "Larraínzar fue clave, quizá no tanto en Asturias, pero sí a nive nacional, especialmente en el 23F, para defender la democracia. De hecho, el participó en un sistema para proteger a los principales líderes de la izquierda española", indica Trevín.

Emilio García–Pumarino, asturiano clave en la transición, expresidente de la UCD en Asturias entre 1979 y 1982, destaca de Larraínzar su profundo "respeto". También otro factor: "Nunca intentó influir en las decisiones del partido en Asturias, pese a ser el gobernador civil por decisión de Adolfo Suárez", indica García-Pumarino. Al tinetense le tocó despachar a menudo con Larraínza. "Fuimos amigos y conmigo se portó siempre perfectamente, estábamos en sintonía. Cada quince días, más o menos, iba a su despacho a informarle sobre cómo iba el partido. Él nos daba las directrices del Gobierno, pero nunca trató de influir. Era una persona abierta y se relacionó con todo el mundo, también con los medios de comunicación", dice García-Pumarino, que además recuerda lo que le dijo Larraínza sobre un episodio del 23F. "Laína le pidió entre muchas otras cosas, que encargase 300 ataúdes por si había una masacre en el Congreso. Eso te dice la magnitud de lo que vivió Larraínzar en aquella tarde", indica el exdirigente de la extinta UCD.

Recordando a Ricardo Larraínzar

Por José Manuel Otero Novas

En 2017, Nieves y yo celebramos en la Santa Cueva de Covadonga el 50.º aniversario de nuestra boda asturiana. Y, no solo por razones de intimidad sino también de espacio físico, tuvimos que limitar mucho, incluso dolorosamente, la relación de invitados a acompañarnos en momento tan especial. Pero allí no podía faltar, ni faltó, Ricardo Larraínzar; era una presencia imprescindible. Y sin embargo, la primera vez que Ricardo se acercó a mi y me ofreció su colaboración, lo rechacé. Yo acababa de ser nombrado Director General de Política Interior tras la muerte del General Franco. Procedía del conocido como Grupo Tácito que llevaba años preparando un futuro postfranquista y democrático, con algún pequeño riesgo pero sin heroicidades. Éramos oposición, aunque moderada. Recibí a Ricardo, me gustó mucho su planteamiento, pero no quise apoyarlo porque sus amigos eran Adolfo Suárez y otras gentes del «Movimiento», que comenzaban a ser también amigos míos, pero que entonces no me resultaban de fiar para organizar el futuro de convivencia que yo ansiaba. Tuvimos más adelante algún contacto, por ejemplo cuando él participó en la Operación de desmontaje estructural de la Secretaría General del Movimiento y yo, primero redacté el Decreto de disolución de la Secretaría General del Movimiento, y luego tuve que asumir algunos de los servicios procedentes de aquel mundo, como por ejemplo el Centro de Estudios Constitucionales. Apenas le traté mientras él fue Subgobernador Civil de Madrid o, más tarde, Gobernador Civil de Asturias.

Pero luego ambos salimos de la política y nos fuimos a la vida profesional. Y ya conociendo su gran capacidad, cuando me propusieron que él se convirtiera en mi más próximo colaborador en una actividad, lo acepté encantado. Pude experimentar los resultados de su enorme inteligencia, de su actividad infatigable, de su espíritu constructivo. Y, aunque yo nunca había pretendido mantenerme mucho tiempo en la política, lamenté profundamente no haber contado con él en aquella etapa anterior, porque habría sido para mi, con su ayuda, mucho más fructífera y con resultados más positivos. Valoré entonces en Ricardo a un hombre, como todos con sus fallos, pero seriamente leal a sus amigos, con un espíritu familiar indestructible, capaz de las gestiones más inteligentes, buscando siempre objetivos mejores para todos. Y cuando creamos en el mundo de la Universidad San Pablo de Madrid un Instituto de Estudios de la Democracia, para elaborar fórmulas de solución futura de nuestros problemas sociales y políticos, allí estuvo hasta el final Ricardo, miembro entusiasta y compañero necesario. Ahora, cuando concluyo estas palabras, salgo para acompañarle, una vez más, pero esta vez ya le veré muerto. Siento una gran pena, pero me consuela saber que continuaremos unidos en la oración y en el recuerdo. Con Dios, amigo.

La etapa de Larraínzar en Asturias la recuerda muy bien el periodista Graciano García, porque coincidió con la creación de la Fundación Príncipe de Asturias y los premios "Príncipe", que diseñó el propio García. "Era un hombre claro, honrado, que no escondía lo que pensaba y lo decía con claridad". Y el periodista habla con conocimiento de causa, porque tuvo una "gran discrepancia" con el gobernador civil a causa de la preparación de la primera edición de los Premios. "Larraínzar no quería que se cantase el ‘Asturias, patria querida’ en el Campoamor porque no le parecía una canción adecuada. Se opuso con firmeza y con la claridad que él se expresaba. Su razonamiento era que la canción no estaba al nivel de lo que requería el acto", rememora García chocó con el navarro por ese asunto una tarde en el aeropuerto de Asturias, con Sabino Fernández Campo, buen amigo de los dos y jefe de la Casa Real, como testigo de la escena. "Discutimos y Sabino nos escuchó en silencio a los dos. Días después, el propio Sabino me llamó y me dijo: que se cante el ‘Asturias, patria querida’". Según la información de García, aquella decisión fue tomada en última instancia por el propio Rey Juan Carlos, que dio luz verde a la canción e incluso la tarareó durante la ceremonia. "Estaba en el escenario y lo recuerdo perfectamente", rememora García. Después de aquello ambos, periodista y político, mantuvieron la amistad pese a aquella profunda discrepancia. "Cada vez que vino a Oviedo procuraba verme y eso es lo mejor que puedo decir. Una persona rencorosa probablemente hubiese cortado la relación, pero todo lo contrario. Mantuvimos un trato exquisito hasta el final", finaliza García.

Con la victoria del PSOE en 1982, Larraínzar finalizó su etapa política y fue director de relaciones laborales de la compañía de seguros la Unión y el Fénix. Más adelante fue subdirector general de Banesto y en 1995 se prejubiló, dedicándose desde entonces a sus negocios, a su familia y a disfrutar de los veranos en Asturias.

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