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Opinión | Crítica / Música

Eduardo Viñuela | Musicólogo

Un recital plagado de clásicos

Llega el primer día del año y en todos los teatros se replica la tradición vienesa de celebrarlo con un concierto. Lo canónico son las marchas, las polkas y por supuesto, los valses de la saga Strauss, pero aquí y allá los repertorios se van haciendo más heterogéneos, adaptándose a sabores locales y a las características de las agrupaciones que ofrecen el recital. Este año la cita en el Jovellanos fue con la Orquesta Filarmónica de España bajo la dirección del asturiano Mariano Rivas. Mismos protagonistas que en 2016 y nuevo lleno absoluto en un concierto desenfadado que dejó un buen sabor de boca.

El telón cerrado hacía presagiar sorpresa desde el inicio, y así fue. La primera parte fue una recreación de la Viena palaciega de finales del siglo XVIII, con los músicos vestidos de época y una orquesta reducida en efectivos para ajustarse a las exigencias de la música clásica. El repertorio fue un compendio de concesiones a modo de "clásicos populares", con fragmentos de piezas de esas que no faltan en cualquier recopilación de grandes éxitos.

Mozart lo ocupó casi todo, el concierto empezó con el primer movimiento de la "Sinfonía 40", que sonó compensado, contenido y con un adecuado juego con el empuje del omnipresente tema principal. El "Là ci darem la mano" de "Don Giovanni" dio entrada a las voces de John Health (barítono) y Vanessa Cera (soprano), que interpretaron este dúo con solvencia y con gracia. La guerra de "reinas de la noche" entre las sopranos Mercedes del Barco y Alicia Sánchez puso una nota cómica al recital que fue muy aplaudida. El Finale de la "Sinfonía de los adioses" de Haydn fue despidiendo progresivamente a los miembros de la orquesta hasta que en la escena sólo quedó el director. Por último, una adaptación orquestal de la "Marcha turca" cerró una primera parte marcada por el humor más que por el rigor en la interpretación.

Parecía que la segunda parte tendría otro tono, y aunque el concierto ganó seriedad en lo formal lo ecléctico del programa hizo difícil adentrarse en la música. La orquesta empezó con algunos obligados de los Strauss: "El murciélago" estuvo bien conducido, con temple en el tempo, buena agógica y una acertada preparación de la cadencia final, la "Pizzicato polka" fue correcta, al igual que la "Marcha egipcia". Peor suerte corrió la suite de temas de la ópera "Carmen", que concluyó a marchas forzadas con una efectista carrera hacia la cadencia final.

El cambio de tercio hacia el repertorio español fue un alivio, se nota que son obras más habituales en los programas de esta orquesta. Así, el intermedio de "La boda de Luis Alonso" de Gerónimo Giménez sonó con precisión y con un fluir natural entre secciones. El público se vino arriba con la temática asturiana; primero en la "Romanza de la sidra" de la zarzuela "Xuanón" de Moreno Torroba y después en la versión de "Campanines de mi aldea", que se movió por la estética habitual del costumbrismo romántico.

El preludio de "La revoltosa" puso fin al programa antes de que sonasen los bises de rigor: el "Danubio azul" primero y la "Marcha Radetzky" después. Como era de esperar, la ovación final fue larga y contundente; más de uno llevaba todo el concierto tarareando y canturreando los temas desde la butaca, y las palmas de la última marcha no hicieron más que encender la mecha y desatar la catarsis colectiva.

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