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Cuando las autoridades pedían hacer vida anormal

Las tiendas vacías, los supermercados llenos, las residencias de mayores cerradas a las visitas, los niños en casa y los semáforos rojos sin peligro

Las autoridades recomendaban hacer vida anormal y el pueblo obedeció. A las siete y media de la mañana media docena de personas esperaban a que el Mercadona de la avenida de Lisboa, cerca del HUCA, abriera sus puertas. En el Hipercor de Salesas se notó el aumento de la afluencia casi a las once y se reclutó personal de otras secciones de los centros de El Corte Inglés para reforzar en la alimentación. En el Hipermercado de Uría había una caja exclusivamente para carros que, como en una caravana del Oeste, llegarían a su destino cuatro días después.

-Da gusto andar por la calle, que no hay gente.

Lo comentaba una vecina de Uría que paseaba dos perros marrones -quizá caniches grandes, no soy racista- a otra. No era peligroso saltar los semáforos en rojo y el joven del patinete no ponía en riesgo a nadie en la peatonal. Era un día ideal para moverse en las tiendas de ropa sin esperar en los probadores. Aunque -puestos a ver peligros de contagio- probarse la ropa no sería muy distinto de regalar mantas con viruela a los apaches.

La vida anormal favorece visiones anormales como la mujer que, donde Uría se vuelve Gil de Jaz, llevaba en dos paquetes grandes y en uno algo más pequeño unos cincuenta rollos de papel higiénico. Escalofriaba verla y la imaginación recreaba un cíclope inverso.

En las tiendas de calle y en las de Salesas los empleados, codo con codo, mano sobre mano, hacían nada de nada. En El Corte Inglés de Uría se hablaban las perfumeras de marca a marca. Hubo más gente en días gloriosos de huelgas generales a finales del siglo XX.

"Me siento mal y encima tengo que venir a cambiar esto", me decía la señora arrimándoseme, y yo, "¡señora, haga el favor!", comentaba una limpiadora a la compañera que hacía relucir los pasamanos de Salesas.

En Oviedo hay 39 residencias de la tercera edad. Forman el mapa de la vulnerabilidad en los tiempos del coronavirus. El pasaje, que une la calle Uría con Pelayo, se construyó para que Oviedo tuviera su galería milanesa, su pasaje francés o su arcada londinense, pero cien años después reúne un conjunto geriátrico en cuyas puertas los carteles advertían que se restringían las visitas a una persona por residente y que se registrarían para asegurar la trazabilidad en caso de transmisión de la enfermedad.

Eso era ayer a las diez y media. En la cafetería El Pasaje ya notaron una caída de visitantes del 95 por ciento el jueves a las residencias. Cuando lo contaban, tenían la mitad de gente de lo habitual. "Si esto sigue así, tendré que cerrar", zanjó el dueño.

A lo largo de la mañana, las residencias públicas prohibieron las visitas en los próximos 14 días. Javier Gámez preside la Asociación de Residentes y Familiares de la Residencia Santa Teresa, donde tiene a su madre junto a otros 250 mayores, atendidos por 150 trabajadores. "Han suspendido las consultas médicas, salvo las urgencias, todos los cumpleaños y las celebraciones; no entrarán los monitores, han cerrado el centro de día y el centro social. Los residentes válidos no pueden salir. Esperan un pico del virus la semana que viene y hay que aceptarlo y ser comprensivos. Será duro para los trabajadores porque he visto residentes llorar o gritar porque sus hijos no les van a ver un día".

"Esta mañana, de la que venía, había mucho menos tráfico en la 'Y'", comentaba una chica en un grupo de fumadoras.

El arzobispo Jesús Sanz Montes, soberano de la Iglesia asturiana, firma las disposiciones que cuelgan en las puertas de San Juan. Con subrayadores de colores fosforescentes destacan que se interrumpe la catequesis, que a los matrimonios, funerales y aniversarios solo dejarán ir a los familiares y allegados, que nada de ir a misa en masa, que mejor por la tele y la radio, que no se den la paz y que, excepcionalmente, las hostias van a la mano y no en la boca. Fuera del subrayado se lee que atravesamos el desierto (también en el paraíso natural) y que somos barro y ceniza.

"Pensé que las medidas eran un bulo", comentó una mujer de mediana edad al leerlo. Hay creyentes que no se lo creen.

Al pobre de la puerta le iba peor que otros días.

"Si no hay clase mañana me libro de un examen y me quedo con un 6,25 en la nota? ¡Tomaaa!", decía un escolar de las Dominicas el jueves a la hora de comer.

Le salió bien. No hubo clase y apenas se veían niños ni chavales por la calle. Los parquecitos de juego del Campo San Francisco estaban vacíos y no había adolescentes okupando La Chucha.

En el parque canino una docena de jóvenes veían a sus perros saltar, perseguirse, correr, amagarse mordiscos en el cuello. Se oían trinos. Así era cuando las autoridades recomendaban hacer vida anormal, antes de que Pedro Sánchez saliera en el telediario continuo para alertar que hoy decreta el estado de alarma.

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